Card. |
(A Lucinda.)
No temais, que yo os defiendo.
(A D. Fernando.)
Mirad lo que vais á hacer,
que yo amparo á esta mujer.
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Luc. |
(Reconociéndole.)
(¡Es Cardenio! ¿Qué estoy viendo?)
¡Cardenio!
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Card. |
(Reconociéndola.) ¡Lucinda!
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Luc. |
¡Ah!
Me veo al fin á tí unida.
(Arrojándose en brazos de Cardenio.)
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Fern. |
Haceos atrás... ó por vida
que os dé muerte...
(D. Fernando hace ademan de poner mano á la espada, pero Cardenio, que está desarmado, con un movimiento veloz le sujeta el brazo con la mano izquierda, mientras con la derecha le saca el acero y queda en defensa.)
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Card. |
(Arrancándole la espada.) No será.
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Fern. |
¡Ah! ¡Traicion!
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Card. |
Es la que usais.
La vil máscara arrancad.
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Fern. |
No.
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Card. |
Basto á hacerlo. (Arrancándosela.) Mirad
frente á frente á quien hablais.
(Retrocede sorprendido al conocer á Fernando.)
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CANTO.
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Card. |
¡Qué miro, justo cielo!
¡Es él!
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Fern. |
(Con calma.) Y bien: soy yo.
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Card. ╓ |
¡Fernando!
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Luc. ╙ |
¡Oh Dios!
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Fern. |
El mismo.
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Card. |
Al cabo
en su venganza Dios,
de tu perjurio en premio,
te entrega á mi furor.
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Fern. |
Pues que en tu diestra brilla
el hierro vengador,
el labio enfrena y hiere:
hiere.
(Dando un paso adelante y presentándole el pecho.)
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Card. |
(Con un movimiento de furor y conteniéndose luego.)
╓ ¡Que hiera!... ¡Ah! no.
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Luc. |
╙ ¡Cardenio!,
(Sujetando á Cardenio al ver su movimiento de herir.)
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Card. |
Que al polvo humilles quiero
tu frente en mi presencia,
y escuches tu conciencia
temblando de pavor.
Si, quiero antes de herirte
mirar con pecho helado,
que mueres condenado
como he vivido yo.
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Luc. |
Perdónale, perdónale;
su juez sea su conciencia:
conten en mi presencia,
Cardenio, tu furor.
Detente, y pues yo misma,
depuesto el justo encono,
su crimen le perdono,
perdónale cual yo.
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Fern. |
(Con altivez.)
Jamás la frente humillo
de un hombre en la presencia,
ni temo á mi conciencia
ni temo á tu furor.
Ven, hiere, pues voluble
lo quiso asi la suerte:
verás cómo á la muerte
le sé sonreir yo.
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HABLADO.
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Fern. |
En fin, basta ya de insultos;
ni nobleza ni valor
demuestras en insultarme
cuando sin espada estoy.
Si lo quieres asesíname.
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Card. |
¡Asesinarte... Eso no!
(Con un arranque de noble indignacion.)
Para humillar hasta el polvo
el orgullo de un traidor,
me basta con mi justicia,
me sobra con su traición.
(Cardenio, al concluir estos versos, arroja la espada al suelo á fin de quedar con armas iguales en presencia de su enemigo; pero este, con un movimiento rápido, se apodera de su espada y amenaza con ella á Cardenio, que aunque tarde se arroja á impedirlo. Lucinda se interpone entre ambos procurando contener á Cardenio, que á pesar de encontrarse sin espada, quiere lanzarse sobre sa rival. Toda la escena rápida, D. Fernando, desde que recobra la espada, prosigue con mucha calma y tono burlon.)
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Fern. |
(Arrojándose sobre la espada.)
¡Me salvé!
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Card. |
(Corriendo á impedirlo.)
¡Cobarde!
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Fern. |
(Poniéndose en defensa ) ¡Atrás!
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Luc. |
¡Cardenio! (Conteniéndolo.)
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Fern. |
(Con ironía.) Pues la ocasion
despreciastes, es muy justo
que ahora la aproveche yo.
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Card. |
¡Oh rabia!
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Fern. |
(A Lucinda.) Ya los caballos
nos aguardan á los dos.
(A Cardenio.)
Como ves, no es para mí
oportuna esta ocasion;
mas yo te diré otro dia
si soy un cobarde ó no.
Seguidme. (A Lucinda.)
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Luc. |
Jamás.
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Card. |
¡Seguirle!...
Antes, cobarde y traidor,
me harás pedazos.
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Fern. |
¡Pedazos!
(Con sonrisa burlona.)
¿Por qué, si no hay precision?
Cuando estaba en el peligro,
aunque pude, en mi favor
no llamé á nadie, pues fuera
no demostrar corazon;
pero ahora es muy distinto.
(Hace una señal con una bocina de monteria y aparecen en la puerta del fondo varios caballeros, todos con mascarillas; los cuales, cuando lo indica el, diálogo, se arrojan sobre Cardenio y procuran ahogar sus gritos y sujetarle.)
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